Como el dibujo de Camila que se desliza por la hoja con la seguridad del vuelo de un ave que planea aquí y allá, así quiero que te lleguen mis cuentos.
sábado, 13 de enero de 2018
Enero aquí
domingo, 21 de julio de 2013
Mi Invitado del Domingo. Hoy: AQUILES NAZOA
Buen día, tortuguita,periquito del agua
que al balcón diminuto de tu concha estás siempre
asomada con la triste expresión de una viejita
que está mascando el agua y que tomando el sol
se queda medio dormida en la ventana.
Buen día,tortuguita,abuelita del agua que para ver
el día el pescuecito alargas mostrando unas arrugas
con que das la impresión de que llevaras enrollada
una tohalla en el pescuezo o una vieja andaluza muy gastada.
Buen día,tortuguita,payasito del agua que te ves más ridícula
y más torpe con tus medias rodadas y el enorme paltó
de hombros caídos que llevas sobre ti como una carga
y con el que caminas dando tumbos,moviendo ahora un pie
y otro mañana como una borrachita,como una derrotada,
como un payaso viejo que mira con fastidio hacia las gradas.
Buen día,tortuguita,borrachito del agua ...
¿De dónde vienes,di,con esos ojos que se te cierran solos,
y esa cara de que en toda la noche no has dormido,y esa vieja
casaca que se ve que no es tuya,pues casi te la pisas cuando andas?
Buen día, tortuguita,filósofo del agua que te pasas la vida hablando sola,
porque si no hablas sola,¿a quién le hablas?¿Quién, a no ser un tonto
atendería a tus tontas palabras?¿Ni quién te toma en serio a ti con esa
carita de persona acatarrada y esa expresión de viejita chocha que a tomar
sale el sol cada mañana y que se queda horas y horas medio dormida en la ventana?
Buen día,tortuguita,periquito del agua,abuelita del agua,payasito del agua,
borrachito del agua,filósofo del agua..
domingo, 21 de abril de 2013
Guerra Civil Española en Medios Argentinos (1)
Cada semana bajaré algunas notas.
lunes, 31 de diciembre de 2012
domingo, 16 de diciembre de 2012
Mi Invitado del Domingo. Hoy: CARLOS SILVA
...Veamos qué "dice" el primer cuadro.
En el aspecto hay los elementos típicos de la descripción de un suceso (no se trata de un retrato ni de un paisaje): una figura Femenina portadora de una espada en la mano derecha y de una antorcha humeante en la izquierda, parece descender de un caballo al galope. En tierra hay cuerpos humanos, desnudos o semidesnudos, todos muertos o agonizantes; cuatro cuervos arrancan franjas de carne de los cadáveres. La escena se desenvuelve entre la diagonal producida por dos árboles casi sin hojas; en el fondo, se ve el cielo y algunas nubes. No hay ningún elemento que nos obligue a considerar al cuadro como la ilustración de una catástrofe bélica. Las figuras no presentan heridas (más bien están demasiado limpias, si se piensa que reposan en la tierra sin hierba).
No es posible hallar uniformes ni instrumentos militares, salvo la delgada espada de la mujer y una pequeña empuñadura (del mango de un florete?) que se columbra difícilmente en la parte inferior y central del cuadro.Pero de esta superficie pintada (de este aspecto) es factible obtener otra información apenas la lectura se hace más atenta.
La diagonal óptica que desciende y avanza del extremo superior del árbol negro hasta el árbol gris del primer plano, se encuentra con la línea-fuerza horizontal de la bestia negra, de modo que la extraña amazona queda suspendida en el aire, cabalgando "absurdamente" al lado. del animal. Esa dislocación sintáctica produce una tensión y un sentido de discordia que se refuerzan con la contribución de otros particulares pintados aisladamente. Así, la descomposición propia de la muerte se revela en el estrato inferior: fragmentos informes sobre los que yacen figuras antropomorfas. Además, las ramas de los dos árboles (de colores fúnebres: negro y gris), apuntan hacia abajo; incluso la rama de mayor tamaño pende, rota, sin vida y preanuncia una separación que contribuye al proceso de fragmentación de todo el conjunto. Los cuervos destruyen la forma orgánica de los cuerpos humanos.
Y allí se encuentra la clave fundamental, donde se aumenta la diferencia entre el aspecto primario y la imagen artística (y su correlato estético) a la cual llega, progresivamente, el lector.
¿Cómo es posible que los cuervos no huyan de la enorme bestia galopante y de la figura con la espada y la antorcha? En vez de alzar el vuelo, los pájaros carniceros permanecen junto a los muertos, ocupados en su misión destructiva.
A. Werner comenta: "Un elemento surrealista de indudable fuerza es introducido por la negra mancha del caballo" . Es evidente que sea por el intenso y luctuoso color, sea por el hocico agudo (caballo sin cabeza, sin cerebro) del animal, éste pasa a ser un monstruo, un vector subversivo, un demonio maligno. También son insólitos la antorcha que arde sin llama y la cabellera hirsuta de la figura femenina, cabellera que es la continuación de la crin del cuadrúpedo. Pero el "surrealismo" de Rousseau (no una anticipación vanguardista, sino una tensión alegorizante cuya raíz se halla en el sentido de lo real-verdadero del arte popular) debe ser buscado, en todo caso, en la relación incoherente entre la situación (la escena) y el modo de pintar los elementos definitorios. Si los cuervos no se espantan, es porque los dos demonios malignos (el "caballo" y la "adolescente") pertenecen a otro mundo, visible para nosotros pero no para los pájaros; o bien porque toda comunicación entre aquéllos y éstos es puramente lógica (antecedente y consecuente). En este nivel de lectura cada elemento que irradia, aisladamente, un área semántica circunscrita es puesto en relación y así emerge la imágen alegórica, fija ya por siempre, de la Destrucción, de la Discordia de la Guerra.
Para el catálogo del Salon des Indépendents de 1894, el Aduanero escribió la siguiente didascalia: "Ella (la Guerra) pasa terrible, dejando por doquier la desesperación, el llanto y la ruina". El comentario de Rousseau no corresponde exactamente con el cuadro. La sucesión temporal y la secuencia causa-efecto del texto escrito no encuentran sus correlatos pictóricos, pues la figura de la Guerra (causa y antecedente) aparece sincronizada con todo lo que ella debería dejar a su paso: los efectos consiguientes (cadáveres, pájaros carniceros, árboles rotos). Tnclusive, si se observa la línea directriz de la carrera alegórica, la destrucción se manifiesta antes de la llegada de la Guerra (el árbol gris y los muertos, en la derecha del lienzo). He aquí un elemento "surrealista" ignorado por los críticos y teóricos del vanguardismo de Rousseau.La representación plástica simultánea de dos hechos consecutivos en la realidad mundana, procedimiento utilizado con frecuencia por el artista, revela la serena falta de prejuicios naturalistas en la tarea formativa del Aduanero. La verosimilitud naturalista es olvidada cuando las configuraciones responden a una intención altamente representativa. La verdad prevalece sobre todo lo demás, conformando desde este punto de vista un espacio semántico similar al de los ex-voto del arte popular. De modo más complejo y fundamental, pero semejante al conformar de los artistas populares preocupados por lo real-verdadero, Rousseau pinta lo que cree verdadero como lo hacen todos los alegoristas. Así lo afirma justamente Fletcher:
"Las alegorías son los espejos naturales de la ideología" (AMS, 339).
La importancia- semántica de la idea de la Guerra reclama una gramática y una sintaxis pictóricas que, para Rousseau, deben violar las reglas de la ordenación naturalista. Las figuras principales representativas de la Guerra deben ser mostradas en toda su potencia, frontalmente en este caso, de modo que exhiban —y puedan ser claramente observadas— todas sus características emblemáticas. Todas, por supuesto; las transmitidas por la tradición suficientemente estable de la heráldica y las nuevas, introducidas por la ideología del artista. Por eso la Guerra es una muchacha, siempre joven; mientras des- ordena al mundo mediante la destrucción, ella se mantiene atemporal, fijada en una imagen que asume y anticipa todas las guerras...
Ornamento y Demonios
jueves, 20 de septiembre de 2012
Ultima Tarde de Invierno
El granizo tampoco quiso estar ausente en la despedida. Pero ahora cae serena la noche.
sábado, 18 de agosto de 2012
18 de Agosto
verdes,vibrantes y claras.
No dos hojas bajo el sol,
sino debajo del agua.
Tus ojos
(Baldomero Fernández Moreno)
miércoles, 20 de junio de 2012
domingo, 22 de enero de 2012
Kung Hei Fat Choy
Ojalá signifique salud y paz.
viernes, 30 de diciembre de 2011
¿Título?
( Lo escribí para el colegio a los 14¿? años y me salió bastante bien,para mí,claro).
domingo, 20 de marzo de 2011
Nuestro Árbol por Japón
Está en la vereda de la calle Armenia a media cuadra de Av. Santa Fé.
Y gracias a Pablo.
sábado, 22 de enero de 2011
Hombres del Siglo (1)
W.S. M., locutor, diseñador, escenógrafo, administrativo. Menos la última, las demás actividades desarrolladas sin lucro en el poco espacio que pudo distraerle a sus tareas de oficina que le reportaban el único salario ingresado a un hogar con siete bocas a mantener.
Lo comentado forma parte de un pasado abundante en suspiros y cincelado en la materia plúmbea de tantas existencias grises.
Un radiante presente se inscribe en estela cuasi Virgiliana:
"Cerró buenos negocios, seduce bailarinas, corre rallys, representa artistas, organiza eventos, disputa bancas. Afinó su figura, un campo de golf llevará su nombre."
María Eliana R. D. Arquitecta, practica yoga y estudia pastelería. Separada, madre de dos niños de 9 y 4 años.
Su madre, separada también, apenas puede disimular un gesto de abatimiento cuando María ubica en el cuarto de Pablo, hermano de Eliana (ausente desde hace dos años por una beca en el exterior) el equipaje de los chicos para los siguientes quince días, mas todos los juguetes, la play, el almohadón sin el cuál la menor no podrá dormir, y el oso verde de un metro cincuenta.
A Roberto B. a en la otra punta de la ciudad le cuesta desaparecer durante las próximas dos semanas, nada más lejano a su gusto particular por las escapadas de 2 o tres días.
Se imagina el lunes comenzando a recibir los primeros reproches de todo el mundo y la necesidad imperiosa de que se haga presente en todos lados.
Y también donde acaban de cortarle no sin antes taparlo de insultos entre espasmos y llanto.
¿Y si lo hablás? ¿Porqué pensás que no…?
Preguntas todas de amigos entrenados en apariencia en el diálogo sincero.
Es domingo, María y Roberto cruzan susurros y amontonan arena en un cordón que se estira poniendo un límite que interrumpen todo el tiempo para tocarse los dedos.
Ahí nomás donde termina la arena seca comienzan la humedad y el mar.
Anda a caballo, tiene 70 años y varios hijos la mayoría casados. Lo acompañan los dos más pequeños de 10 y 8 años. Tiene la mano izquierda con los dedos en garra y como si todavía sujetara unas imaginarias riendas, volteada la muñeca en cada movimiento con destino hacia su pecho apoyando la gesticulación abierta de su brazo derecho que se dirige fuerte y directo a estrechar mi mano.
Exhala perfume a jabón y hace horas que anda de acá para allá tratando de arreglar un alambrado. Coincide, inexplicablemente para mí, con la mayoría de la gente con la que hoy me encontré en el uso de una camisa blanca impecable y sin arrugas. Un fenómeno que me llama la atención estando sometidos a una rutina de gran despliegue físico, de mucho roce y contacto.
Creí responderme cuando hablando de algunos menesteres me mencionó la palabra vaquía, o algo así, que interpreté como una manera correcta de hacer las cosas.
Venía hablando no "de cómo levantar una bolsa", algo propio de la ciudad, sino de un casi mágico acostumbramiento a la bolsa de arpillera a fuerza de dolores insoportables, llagas imposibles en los hombros, largas temporadas durmiendo en el suelo por el lumbago, faja, "untosinsal" o algo parecido, y al final el milagro de un esqueleto encallecido y feliz, domado en largas madrugadas de escarcha,viento,lluvia y sofocones interminables en verano. Un potro, por fin, sin cosquillas.
Señala con la izquierda doblada y la sonrisa del hombre prudente un pozo detrás de su oreja. Herrando y confiado en un experimentado cálculo de la distancia, un caballo le pateó la cara hace doce años. Durmió un mes en el hospital y volvió a la casa para dedicar al santo o a la buena fortuna dos hijos más.
Cuando paramos a tomar una copa con el sol de las once casi sobre la frente, empinó un trago corto y me acordaba, cuando se dio un golpecito en el costado, eso de los chinos de que la felicidad está encerrada en los riñones.
Los chicos se quedaron en la vereda admirándole el recado a un paisano de andar desparejo e inseguro que bajó a comprar el pan.
viernes, 31 de diciembre de 2010
Ahí Está La Lluvia
Llueve sobre el asfalto, sobre las copas de los árboles tapadas por el polvo, sobre la enredadera del corredor, golpea fuerte sobre la canaleta de chapa y se expande a borbotones sobre la cabeza del sapo flaco que salió a ver que pasaba.
Cuando nadie lo esperaba empezó a llover, ni una brisa la anunció. Nadie sale a bailar bajo la lluvia ni a dar gracias. Llueve y es mucho más de lo que estábamos esperando. Casi nos olvidamos del recogimiento que produce la lluvia y aquí estamos mirándola de lado como a un mago o un contorsionista que minutos antes escuchábamos displicentes y ahora nos silencia con sus habilidades.
Todo estaba ahí, durante tanto tiempo permaneció sin mostrar como disimulaba con trabajos la herrumbre de sus herramientas y ahora siega fino el borde de la vereda.
La lluvia desparrama perfumes, hace sonar el tambor en el momento justo y cambia de clave con la misma parsimonia que dibuja un silencio largo que no aburre.
No abandono la sala, recupero gestos olvidados y cierro la persiana cuando el viento empieza a arreciar.
Bendita lluvia la que acaba de pasar. Dejó lagos de agua salpicada por las luces que empiezan a encenderse. Y apenas son las seis de la tarde y sueño que paso por la esquina y nos acaricia a todos.
martes, 28 de diciembre de 2010
La Novela de Pancho
Siempre admiramos a Pancho.
Y se busca el espacio; un tipo paciente al que conocí cuando era chico y tantas veces lo encontraba pegado al alambrado del vecino.
La de Pancho era en aquellos años una vida dedicada a la atención, entre otros, del gallinero del vecino. Nosotros nos destacábamos en las aventuras simples pero de nota entre los pibes: Destrozos, peleas, campeonatos, excursiones salvajes por el río.
Nada de lo que hacíamos dejaba una buena impresión en nadie, siempre motivo para retos, recortes en las salidas, suspensión de los aportes para las extras en el kiosko o en el bar.
Pancho en cambio nada de nada. El no ameritaba ni siquiera una mención en nuestras casas; ahora que lo pienso todos fingían que el y su padre no existían porque sentían que debían hacerse cargo y hacerse cargo lo consideraban un problema arduo, tan arduo que podían dejar de preocuparse de al menos una parte de sus problemas, considerarían seguramente que interesarse en la suerte de aquellos dos y hacer algo era atarse al destino de esos dos infelices.
Pero para nosotros en aquel entonces Pancho pasaba desapercibido porque era más inteligente, más adulto que nosotros. Sabía como tomar una bolsa de pan que le acercaba alguna de nuestras madres y producir un silencio respetuoso, como si pudiera intimidar a nuestros padres, y eso era algo admirable, lo que nosotros no podríamos conseguir jamás por estúpidos, por cobardes, por pendejos a los que nadie respeta.
A la vecina solitaria le robaba una gallina todos los días. La mujer vieja sin marido y bastante extraviada ni se daba cuenta. A veces se quedaba meditando en el medio del gallinero con la escoba en la mano y contando las aves con la punta del palo. El movimiento, el batifondo que conseguía con su intromisión la obligaban a desistir del conteo, desparramar el alimento y marcharse.
Pancho desovillaba una madeja atada a un mediomundo de alambre tejido lo paraba con un palo unos metros adentro de la propiedad ajena y esperaba que el animal pasara por debajo para soltar la campana. Así, acercaba uno de sus aportes a la economía familiar.
Otro era entrar en las chacras de la campaña para la época en que se enfardaba la alfalfa y cargar hasta el tope en el carro de un tío que se quedaba con la mitad (y que nunca pasó a ver a su hermano).Cuerear una oveja y dejar la piel en el alambrado, juntar para el fin del invierno las mazorcas maduras que quedaban sin cosechar en los campos.
Y todo a los 8 años.
El hermano de aquel tío que nombré era su padre.
Enfermo de tuberculosis no salía de la cama y cuando no estaba largas temporadas en el hospital, Pancho lo cuidaba personalmente. Sin dinero ni pensión, era el mentor de las capacidades de Pancho. Desde la oscuridad del cuarto con palabras firmes y templadas ordenaba al muchacho convertido en sus ojos y sus miembros.
Un día no volvió mas del hospital, la casa quedó abandonada y por doce años no supimos nada más de Pancho.
Una mañana volvió a la ruina de hogar que había sido intrusada algunas veces y permanecía tapada de yuyos.
Según mi abuela que lo conoció apenas bajó del auto, se introdujo en la casa como si nunca se hubiera ido. Se detuvo junto a lo que fue el límite con el gallinero convertido entonces en un garage, siguió hasta lo que fue el cuarto casi demolido por el abandono y que compartiera antaño con su padre, apartó un colchón desvencijado y prendiendo un cigarro se echó a dormir.
Fue la primera y última noche en la vieja propiedad. Puso en un local del centro una sucursal de lotería y se hizo construir una mansión con piscina cubierta e hidromasaje.
Inventó negocios increíbles que apenas empezaron a dar jugosos réditos hizo que sus amigos de la infancia nos acercáramos y, desde la inestable economía de la mercería como era mi caso, pasamos a un futuro esperanzador gracias a sus emprendimientos.
Ganamos plata gracias a Pancho casi todos los que fuimos sus fieles desde la infancia.
Inolvidable fue la inversión en jugadores de hockey. Participamos con nuestros ahorros en la compra de talentos de la escuela secundaria en países del extranjero y con dos de ellos convertidos en profesionales exitosos y a los que seguimos por el cable nos dieron intereses de hasta el 30 anual acorde a sus cotizaciones.
Pancho fue un milagro para nosotros.
Invertimos en lo que fuera a futuro y siempre nos fue más que bien.
En este momento nos encontramos en una meseta. Resulta que hará cuatro años nos llega Pancho con la idea de escribir su novela de no menos de mil páginas.
No nos pareció una mala idea teniendo en cuenta que tratándose de una edición particular depende de la expectativa del autor que desea en todo caso regalarla a sus amigos dejar algunos ejemplares en librerías para el cliente ocasional y no mucho mas.
Nada menos diríamos tratándose de cumplir con un deseo, recibir la gratificación de ver su propio libro impreso.
Pancho sin embargo nos vino con un esquema de los de su sello.
El sabía que ninguna editorial lo saldría a buscar para producirlo, sin antecedentes en la literatura es así que nos convocó a sus clientes y amigos para proponernos un fideicomiso que sostuviera el proyecto en todas sus etapas y con la venta posterior de las ediciones, que el aseguraba de al menos dos o tres anuales por no menos de cinco años seguidos cobraríamos importantes réditos como acostumbrábamos desde que acercamos los primeros fondos a sus negocios.
A cuatro años vista se empezaron a derrumbar nuestras expectativas y a desesperarnos por la fuga de la inversión.
Pancho nos reunió el mes pasado para informarnos de la naturaleza del problema: Nos aseguró tímidamente, mientras cerraba el proyecto de libro que ocupaba unas cuantas hojas, que pasaba por una crisis creativa, casi llorando nos confesó que lo intentó todo y de sus ojeras podía inferirse que sí.
La solución, nos dijo, y para que el fideicomiso no naufrague es que colaboremos con él acercándole capítulos para su novela, corrigiendo otros, reuniéndonos para producir tormenta de ideas.
Mi mujer dice que en plena temporada y ya cerca de las fiestas estoy desatendiendo el negocio y que ya debería retirar lo que pueda y dar lo demás por perdido. Yo pretendo que entienda que no lo hago por un berretín literario sino para cuidar nuestra inversión, que si Pancho no nos falló nunca porque debería hacerlo ahora…
martes, 5 de octubre de 2010
Reclamo
Te pido que por favor me cuentes un cuento…
El hombre me lo reclamaba con desesperación, no tenía las mismas posibilidades que asisten a los condenados a muerte de pedir el manjar de su vida o la botella de la cosecha soñada, ni siquiera el modesto tentempié con que su madre lo esperaba cada tarde a la salida de la escuela.
Porque no le pasaba nada que pudiera deglutir por sus propios medios. Quizás ya ni recordaba la utilidad de un plato y un par de cubiertos, enlazado por meses a una sonda que le bajaba al estómago una preparación densa que en mi turno debía cuidar que no se empaste para no tener que empezar todo de nuevo.
Estaba pidiendo un cuento y mientras vigilaba el baster le decía que qué bien que tuviera ganas de reírse un rato, que eso evidenciaba mejoría.
Pero el hombre devuelta a reclamarme un cuento, que el no sabía como podía ser que en todo el hospital no hubiera uno que le diera ese gusto de moribundo. Esto último lo agrego yo porque el hombre me dijo solo que no podía ser que en todo el hospital no hubiera uno y punto.
Cuando me aseguré la marcha del goteo me puse a interrogarlo para disimular que le estaba controlando la frecuencia respiratoria.
14…15…16… ¿Sabés el del tipo que se encuentra con el…
¡No! ¡Un cuento con un desarrollo, una cosa seria, algo interesante!…
-Ah! Como una anécdota, una historia…
-Si, algo que pase en un lugar, con personajes, con personajes que se estén jugando algo en cada acción, en cada palabra que dicen, que se guarden llegado el caso de hacer o decir algo porque no es el lugar o el momento…
-¡Epa, pero eso ya es mucho pedir! ¿Te prendo la tele?
-¡Pero que tiene que ver la tele en lo que estoy diciendo!
-Y que se yo, uno hace lo que puede, y si hay alguien que esté dispuesto a contarte el cuento, te lo traigo de inmediato apenas me desocupe…¿De acuerdo?
El hombre dormía. La fiebre se había clavado en 39 desde el jueves y ya no había manera. Se moría. Y sí llegaba a vivir un par de días más, me propuse que no se moriría sin escuchar un cuento.
Mientras empujaba el carro pensé ¿porqué yo no? Los ascensores estaban descompuestos y no me daba a esa altura de la madrugada para subir siete pisos hasta la sala de los semiambulatorios como les pusimos a los rezagados de la vida cotidiana que caían dos por tres a la internación por crónicos o casi. Individuos como dice Lita, inadaptables. Lo de los semiambulatorios no se resuelve ni con medicación, ni con una larga charla de café, ni con una borrachera, ni con pegarse a las sábanas aislándose el fin de semana. Necesitan el movimiento constante de la vigilancia profesional, la habitualidad de la emergencia merodeando por los pasillos.
Ahí desenvuelven todo su encanto. La tranquilidad que supone el breack con el mundo les llena la existencia de la dulzura ausente en la vereda de enfrente.
Domadores, futbolistas, artesanos, ex convictos, pianistas, actores principales y de reparto, amas de llaves, todos tienen algo para contar y todo el tiempo del mundo.
Hacen rancho en una cama y comparten las delicias que compran en la confitería de la esquina. Van al baño y cuando vuelven alguien de mas allá les tendió la cama y hasta la pedicura que se va de alta en tres días le dejó un mensaje "paso a eso de las tres, no te olvides".
Ahí todos saben contar, como si marcharan por la existencia aprovechándolo todo mirándolo todo a 360º y sin embargo ahí están, siempre terminan en el séptimo piso. Cuando se van ocurre como cuando alguien quema una abultada agenda futura. ¿Qué, se fue? Dice el viejo con el mazo que no sabe si revolearlo o amargarse en la cama tendida y a la espera jugándose un solitario. Al final, todos ensayan una condena y escapan de ese desierto.
Venía armando, mientras guardaba el carro, una historia con una partida de los padres de la casa y una hija al cuidado de hermanos menores. La hija se olvida de las recomendaciones y se va a pasear. Pasado un rato ya tenía una historia que no estaba nada mal.
Volví al lado del hombre y seguía durmiendo.
Para el final de mi turno le dejé a Pancho, el colega que me reemplaza, en una hoja bastante prolija el cuento y la recomendación de que no lo leyera sino que lo contara con sus palabras.
Espero que me entienda la letra.
lunes, 19 de julio de 2010
Otro Cuento de Invierno
A Celia
Este invierno se muestra el más duro de los últimos años. Ya desde junio en la parada del colectivo, en el taxi, en el tren, la gente no hablaba de otra cosa. El invierno sería crudo porque alguien no cumplió la promesa. Diligentes como de costumbre todos nos ofrecimos a investigar quien no lo había hecho, nos vigilamos mutuamente y nada, volvíamos al responsable mayor de la investigación con la misma respuesta: Todos cumplimos nuestras promesas, nadie miente…
Hace veinte años que a fuerza de padecer al invierno por nuestro atolondramiento o la desidia, no sacamos los pies del plato. Nos extremamos en el cuidado de no obligarnos a cumplir con lo que luego no haremos, o simplemente hacernos cargo cabalmente, como aquella vez que yo mismo en un arranque de otros tiempos le dije a una chica que pasaba, que si me encandilaba con esos ojos azules y me sonreía, haría un clavado desde diez metros de altura de la emoción que me daría.
La chica me miró horrorizada después de brindarme una sonrisa. Me recorrió entero, preguntó: ¿Tenés idea de lo que es un clavado? En ese momento caí en la cuenta y me estremecí. Todas las reacciones del adulto tienen que ver con recuerdos infantiles, me dijo un amigo que va por el segundo año de psicología. Yo salía del bar de tomar una bebida cola. Cuando tenía cinco años asistí a una promoción de esa bebida en que proyectaban una demostración de clavadistas en Acapulco.
La chica me abrazó consternada, nunca imaginé que un primer abrazo de ella fuera de condolencia. El mozo del bar anotó en un papel, el kioskero avisó por teléfono, y yo me metí en una página de Internet para saber como debía continuar con el cumplimiento de la promesa. El verano ya se despedía y apenas me había lanzado algunas veces del borde de la pileta.
Pero cumplí, la temperatura durante los tres meses de esa estación nunca bajó de dos grados, pero en lo sucesivo yo debí cuidarme de la arritmia crónica que me produjo el entrenamiento (costosísimo) y los otros gastos derivados (costosísimos) hasta encontrar una altura semejante sin moverme de la patria.
Este invierno riguroso nos recuerda que alguien no cumplió su promesa y alguien tiembla más que nosotros sea lo que sea que no haya cumplido, porque sabe que todos o la mayoría de nosotros en todo este tiempo hemos hecho lo indecible para aplacar al impiadoso invierno.
domingo, 16 de mayo de 2010
Cuentos Con Títulos De Canciones
Ayer compré aspirinas, era la medianoche y, cuando me revisé los bolsillos para buscar las llaves de mi casa (que estaba seguro habérmelas olvidado en la fiesta de cumpleaños de Aníbal) aparecieron dos tiras de aspirinas flamantes, y más aspirinas en la guantera del auto y hasta en el piso del coche.
No recuerdo haber comprado tantas aspirinas como encontré en el bolsillo del gabán y en el resumen de la tarjeta de crédito que publica una lista interminable que coincide en las sumas de dinero, siempre bajas, y en la dirección de la farmacia justo pegada a la esquina donde un café permanece abierto día y noche.
Volví, como decía, a buscar las llaves en casa de Aníbal y aprovechando la ausencia de los demás invitados le confesé mi preocupación.
Ante una mesa llena de platos y compact disc sucios de chocolate crema y bizcochuelo, que resignado esperaba ver caer al suelo en cualquier momento, Aníbal, ( que ya me había dicho que no pensaba tocar nada, que dentro de dos o tres horas se hará cargo la señora de la limpieza) me recalcó que yo era un privilegiado, que bonitas sumas eran las que le llegaban a él por lapsus parecidos. Que tenía un cuarto (que me mostró) lleno de revistas de actualidad financiera que el no leía ni pensaba leer jamás. Compradas hasta tres veces el mismo número y en un solo día.
Mucho mas caro que mis modestas cajas de aspirina. Lamentó que ya no pudiera elegirme un interlocutor válido de los que hubo seguro en la fiesta.
Lo noté a Aníbal con varias copas de más y con deseos de irse a dormir. Revolvió entre desperdicios como si esperara encontrar la llave entre la crema como recuerdo de alguna película, las encontré yo mismo debajo de un almohadón que tiré en un momento de la fiesta para despatarrarme en el suelo.
Me acompañó hasta la puerta; antes de despedirse, en una salida típica de borracho se puso a bromear con todos los objetos posibles que yo podría acaparar con la misma obsesión.
Me senté en el auto pero no lo puse en marcha. Estaba asustado, algo en mí por mínimo que fuera gozaba de autonomía y yo no podía sentarme a esperar que mi tara decidiera darme un respiro.
Mientras observaba la ciudad vacía me vigilaba y gozaba de este autocontrol que me permitía ver pasar las horas sin moverme, alejado de las inquietantes aspirinas.
Llegó la mañana al lugar, los autos estacionaban por delante y detrás y yo cabeceaba de sueño. Tenía la certeza que apenas me durmiera, mi otro yo correría lanzado tras su obsesión analgésica.
No puedo vivir sin ti
No podría hacerlo. Estás todo el tiempo alrededor mío y sin embargo me dejas tanto tiempo solo. Todos me dicen que son tan pocos los momentos en que nos ven juntos que nunca piensan en nosotros dos cuando hablan de mí.
Mis hijos, en el preescolar -me advirtió Estela por teléfono- seguro que cuando tienen que dibujar a su familia, no te incluyen o hay que buscarte disimulada en la forma de las ventanas de la casa o en algún otro detalle de los que saben interpretar los psicopedagogos. Le digo que habla por hablar, que no vi ningún dibujo así de ellos y que si descubrieran algo preocupante ya me habrían notificado.
Y es que los entiendo a quienes piensan así.
¿Cómo se puede pasar así por las cosas?
Todo lo tomas con mano firme pero sin tensión. Dedicas a cada momento el tiempo justo y me incluyo entre los que no podemos hacer del tiempo un aliado sino un potro al que hay que domar e imprimirle nuestro sello como si lo fuéramos a ocupar hasta el fin de nuestra vida que nunca se nos pasa por la cabeza por más de unos instantes.
Parece fácil pensar en la muerte comparándola con tu facilidad para hacer de todos tus momentos un mirador desde el que se abraza todo.
Solo atinamos a quejarnos por un sinsentido que solo habita en quien no puede vivir sin ti, y en quienes soportan una ráfaga de viento que se coló por una puerta entreabierta.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Botellas
Mientras guardaba las botellas en la bolsa me asaltó un recuerdo que no pocas veces evité felizmente echando mano a algún entretenimiento evasivo de la índole que fuera con tal que no me atrapara esa presión de acero dentado ceñido en mi cerebro.
No pude esta vez.
Ante la molesta compañía de testigos, sin poder echar mano a recursos que conocía bien, llegando a desarrollar singular y apasionada técnica, quedé desguarnecido y lanzado a rememorar mi lúgubre paso por las mazmorras de la prisión en la estepa.
El hielo calándome los huesos y las ratas observando mis movimientos para echar el diente cuando la temperatura de mi cuerpo bajara al extremo de la exterior que amenazaba furiosamente desde el respiradero abierto a la intemperie a cuatro metros de mi colchón maloliente. Me miraba las manos a la débil luz de un rayo de la luna llena y el morado de la sangre estancada me subía hasta la muñeca amenazando a los dedos.
La luna que marchaba por el sur con rumbo al oeste despegaría del ventanuco a más tardar en media hora y, ya de día, debía permanecer despierto para vivir un día más cuando esos hijos de las sombras partieran a la busca de otros bocados no tan apetecibles como yo.
Cada salida de sol es un nuevo triunfo sobre esta desdicha y un reto que me señala calcular de nuevo los riesgos y posibilidades de mi evasión apoyado en la pared de piedra hasta el deslizamiento bajo la puerta del té negro y tibio y el pedazo de pan enmohecido.
Llegando el mediodía se aparece el gato con el mensaje en el cuello. La tarea de hoy- indica la letra serena- consiste en separar el bloque pegado al pasillo que atraviesa el carcelero en su rutina y, caminando hasta el final, picar el bloque justo en el vértice de la pared lindante con el acantilado.
No comunica este lugar directamente al exterior, sino a otro lugar interno que permanece solitario como tienda de antiguos trastos.
El plan del desconocido que parecía conocer bien el edificio y que me comunicaba su entusiasmo en cada renglón del papel con un "vamos", "fuerza", "adelante", "no aflojes", se basaba en trabajar sobre la pared que no despertaba sospechas a la inspección. Salir casi por la propia puerta todos los días, para trabajar sobre una roca que me devolvería de nuevo al interior dentro de la misma prisión evitando las salidas conocidas, era de un alambicamiento que no podía despertar sospechas.
El atardecer azulino del ambiente me provocaba tremendas depresiones que por conocidas y esperadas me disponía a soportarlas. Alternaba en la idea de suicidarme y terminar con esto pero también con un apego demencial a esta vida y el miedo de perderla por un error involuntario. ¡Estaba vivo, respiraba aún, mis miembros estaban fuertes y cumplía cada día con el extenuante plan trazado! Mas, al caer la noche, me internaba en la zona mas ruin de mis meditaciones cuando, de la visión de una madre amorosa que me acogía en su seno pasaba a los temores mas lúgubres que me sumergían en la desdicha.
¡Mi suerte dependía de un desconocido que se comunicaba conmigo con el auxilio de un gato!
Entonces me pensaba siendo el hazmerreír de un grupo de carceleros que mataban el tiempo divirtiéndose a mi costilla.
Muchas mañanas aluciné que me aparecía en el vestíbulo interior, blanco de polvo, y ante mis ojos desorbitados una mesa donde los apostadores por el éxito de mi misión se abrazaban de alegría levantando el dinero y también las miradas torvas de los perdedores que me auguraban una paliza diaria en ese pozo de aflicciones hasta el último aliento.
Carecía de sueños nocturnos, la noche era el dominio de las alimañas.
La mañana eran el te y el sueño, el mediodía el despertar callado, mas luego desentumecer con algunas flexiones los músculos, blandir las herramientas adaptadas trabajosamente de utensilios varios como dientes pegados en las paredes y un manojo de llaves que trajo el gato en una ocasión, (vestigios de otras épocas y usos del edificio).
Debía cuidarme de mover la piedra hasta dejar de oír la carrera desenfrenada del hijo de un administrativo que, con un jarro de lata, golpeaba contra mi puerta denunciando su paso hasta el fondo que comunicaba a un patio donde dos guardias le franqueaban la puerta para que como de costumbre apedreara a los lobos marinos que retozaban unos veinte metros abajo.
Alguna vez se me ocurrió la idea de anticiparlo en su carrera, introducirlo dentro, maniatarlo y vestido con sus ropas continuar el periplo y tirarme desde esa altura al mar. Locuras que se le ocurren a los desesperados de este submundo con tiempo para fantasear.
Muchos días pretendí que no lo lograría, llevaba mas de un año de tarea y un domingo, porque contaba rigurosamente las fechas de mi estadía, en un acto de rebelión que me proporcionó infinito placer decidí descansar, le escribí que deseaba descansar el séptimo y cantar algunas partes de la misa que aún recordaba. Lo hice con letra mayúscula como otra vez que decidí respetar otras fiestas de guardar.
El gato, el mismo domingo y otros traía colgando una manzana, sin otras referencias. Las manzanas eran frescas, como recién cortadas de un árbol, lo que no hacía otra cosa que generarme más dudas y temores. ¡Pero que podía hacer sino basarme en su solo testimonio escrito! El asunto avanzaba, era lo que me importaba, y yo intuía el escape muy cerca.
Cuando todo parecía a punto de naufragar se arreglaba mágicamente, como la vez que casi me sorprende después del mediodía el guardia en el pasillo.
Acomodaba trabajosamente la piedra para devolverla a su lugar, cuando lo escuché refunfuñar en la escalera de acceso; no tendría tiempo de desandar mis pasos y volver a ocupar la celda. Entonces ocurrió el milagro, se enredaron sus piernas antes de ingresar al descanso de la escalera por transportar una olla de estofado con que el director nos aumentaba la ración de la mañana con motivo de su cumpleaños. Se escuchó tan brutal el impacto del hombre escalera abajo, que en mi confusión estuve a punto de salir en su auxilio.
Me hice tan diestro en el uso del metal sobre la piedra que me juré que una vez en libertad integraría alguna orden de picapedreros que alguna vez leí que todavía existían. La prodigiosa ejecución de los maestros y artesanos que no adivinaron el destino que los siglos preparaban para el fruto sólido de sus sudores, me inspiraban planos en mi memoria y secretas relaciones de los ámbitos de mi aventura forzada, con diagramas celestiales.
Llegó el tiempo de partir y dejar atrás este enamoramiento. Me tocaba la piel curtida la mañana del día martes, demoré una semana por hacer coincidir con mi cumpleaños número 30. El lunes dejé todo preparado, me guardé la ración del domingo para festejar el último deslizamiento de roca. En realidad lo hubiera echo entonces, pero de lo que encontrara del otro lado no podía depender mi estado de ánimo de ese atardecer y esa noche. Así que lo demoré.
El martes todo me pareció nuevo, ni las pisadas del carcelero reconocí. Cuando el joven pasó golpeando su jarro con que gusto le hubiera echo orinar los pantalones plantándome frente a él. A la una dejé atrás el pasillo, ingresé al interior sin novedad abriéndome paso entre los trastos del desván, salí por la única puerta, ingresé a un lugar de escaparates vidriados llenos de botellas de diversas formas y colores con mensajes en su interior, y ratas y gatos embalsamados en soportes de madera, de razas y regiones distantes. Los gatos, aún en su diversidad se parecían en la mirada a mi gato visitante de años.
El desconocido que intercambiaba mensajes conmigo salió de detrás de un biombo que dejaba ver su escritorio de trabajo abarrotado de papeles.
Asustado quise huir pero el hombre me detuvo con palabras amables y consoladoras:
Ya no es posible que vuelvan a detenerte, a este lugar no tienen acceso. En cambio si, antes de abandonar este recinto te ruego te lleves aprovechando la ocasión, un recuerdo cercano a tu experiencia como un ejemplar de gato o una rata . Pero si lo deseas puedes elegir una de las botellas, que tienen la ventaje de ayudarte a no recordar esta experiencia. La botella te hará sentir otro, el que arroja una botella al mar pidiendo auxilio.
-¿Y, que esperás…querés que arrastre las botellas por la calle, para qué te traje?
-Chola…acercate que no quiero que me escuche…El Randy anda demasiado despistado…parece sonámbulo… ¿vos averiguás que hace cuando está solo? A ver si se enferma…vos me entendés…a mi me preocupa este chico…deberías preocuparte un poco mas…
- Vos sabés Nancy que el chico no conoce a su padre de quien ya sabés la historia…Me gustaría tener una conversación con él, además de la ayuda miserable que me pasa…Que se haga cargo un poco; pero no me responde…un pecadillo, pensará…yo hago lo que puedo, vos lo conocés a Randy, es por las circunstancias un chico difícil, siempre en su mundo.
-Chola…¿es cierto que…?
- No Nancy dejalo para otro momento, ahí viene con las botellas.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Y Allí Estaba Yo
Recuerdo que llovía, hacía frío, el humo de la olla condensaba en las paredes azulejadas. Ahí estaba él, reluciente de agua el saco de lana y allí estaba yo, y la que solía ser en el umbral de mi mirada.
Pidió lo de siempre, intercambió algunas palabras con el mozo. Alguna vez, hace tiempo, me animé a preguntarle al del mostrador si sabía quien era. Después me arrepentí, al negro le gustaba divertirse conmigo, porque lo que me contó era tan burdo, era tan evidente que me estaba cargando, que mientras me decía que era un asesino con varias muertes encima, me repetía a mí misma que era una tonta al pensar que el negro alguna vez pudiera tomarme en serio en algo.
Ese día de lluvia fue el último día en que lo vi. Le despaché el café mitad café mitad leche con dos medialunas, manteca y dulce, una servilleta de papel parada como una pajarita a medio hacer( que el borroneaba con cuentas y volvía a dejar debajo del plato cuando me volvían los restos del desayuno contra la ventana de vaivén).
Ese día hizo algo que nunca había hecho, dejó la propina en la mesa y volvió el cuerpo para donde yo espiaba tras los visillos, se quedó esperando lo que yo no tardé en hacer, empujar las persianas y quedarnos frente a frente.
Yo sabía que a partir de ese momento no lo vería nunca más.












