domingo 22 de enero de 2012

Kung Hei Fat Choy

Comienza el año del dragón y en el preciso momento una paloma torcaza  pone dos huevitos en un recodo,ahí donde nunca lo hicieron antes.Una belleza.
 Ojalá signifique salud y paz.

viernes 30 de diciembre de 2011

¿Título?

Sí,bueno, de acuerdo.Puede que diste...
( Lo escribí para el colegio a los 14¿? años y me salió bastante bien,para mí,claro).

Y De pronto un Día

Este 2011 inolvidable.

domingo 20 de marzo de 2011

Nuestro Árbol por Japón

Hoy por la mañana plantamos un gynkgo con una dedicatoria escrita desde el corazón para el pueblo de Japón.
Está en la vereda de la calle Armenia a media cuadra de Av. Santa Fé.
Y gracias a Pablo.

sábado 22 de enero de 2011

Hombres del Siglo (1)

 W.S. M., locutor, diseñador, escenógrafo, administrativo. Menos la última, las demás actividades desarrolladas sin lucro en el poco espacio que pudo distraerle a sus tareas de oficina que le reportaban el único salario  ingresado a un hogar con siete bocas a mantener.

 Lo comentado forma parte de un pasado abundante en suspiros y  cincelado en la materia plúmbea de tantas existencias grises.

Un radiante presente se inscribe en estela cuasi Virgiliana:

"Cerró buenos negocios, seduce bailarinas, corre rallys, representa artistas, organiza  eventos, disputa bancas. Afinó su figura, un campo de golf llevará su nombre." 

 

 

 

 María Eliana R. D. Arquitecta, practica yoga y estudia pastelería. Separada, madre de dos niños de 9 y 4 años.

 Su madre, separada también, apenas puede disimular un gesto de abatimiento cuando María ubica en el cuarto de Pablo, hermano  de Eliana (ausente desde hace dos años por una beca en el exterior) el equipaje de los chicos para los siguientes quince días, mas todos los juguetes, la play, el almohadón sin el cuál la menor no podrá dormir, y el oso verde de un metro cincuenta.

A Roberto  B. a en la otra punta de la ciudad le cuesta desaparecer durante las próximas dos semanas, nada más lejano a su gusto particular por las escapadas de 2 o tres días.

Se imagina el lunes comenzando a recibir los primeros reproches de todo el mundo y la necesidad imperiosa de que se haga presente en todos lados.

Y también donde acaban de cortarle  no sin antes taparlo de insultos entre espasmos y llanto.

 

¿Y si lo hablás? ¿Porqué pensás que no…?

Preguntas todas de amigos entrenados en apariencia en el diálogo sincero.

 

Es domingo, María y Roberto cruzan susurros y amontonan arena en un cordón que se estira poniendo un límite que interrumpen todo el tiempo para tocarse los dedos.

 

Ahí nomás donde termina la arena seca comienzan la humedad y el mar.




  Anda a caballo, tiene 70 años y varios hijos la mayoría casados. Lo acompañan los dos más pequeños de 10 y 8 años. Tiene la mano izquierda con los dedos en garra y como si todavía sujetara unas imaginarias riendas, volteada la muñeca en cada movimiento con destino hacia su pecho apoyando la gesticulación abierta de su brazo derecho que se dirige fuerte y directo a estrechar mi mano.
Exhala perfume a jabón y hace horas que anda de acá para allá tratando de arreglar un alambrado. Coincide, inexplicablemente para mí, con la mayoría de la gente con la que hoy me encontré en el uso de una camisa blanca impecable y sin arrugas. Un fenómeno que me llama la atención estando sometidos a una rutina de gran despliegue físico, de mucho roce y contacto.
Creí responderme cuando hablando de algunos menesteres me mencionó la palabra vaquía, o algo así, que interpreté como una manera correcta de hacer las cosas.
Venía hablando no "de cómo levantar una bolsa", algo propio de la ciudad, sino de un casi mágico acostumbramiento a la bolsa de arpillera a fuerza de dolores insoportables, llagas imposibles en los hombros, largas temporadas durmiendo en el suelo por el lumbago, faja, "untosinsal" o algo parecido, y al final el milagro de un esqueleto encallecido y feliz, domado en largas madrugadas de escarcha,viento,lluvia y sofocones interminables en verano. Un potro, por fin, sin cosquillas.

Señala con la izquierda doblada y la sonrisa del hombre prudente un pozo detrás de su oreja. Herrando y confiado en un experimentado cálculo de la distancia, un caballo le pateó la cara hace doce años. Durmió un mes en el hospital y volvió a la casa para dedicar al santo o a la buena fortuna dos hijos más.
Cuando paramos a tomar una copa con el sol de las once casi sobre la frente, empinó un trago corto y me acordaba, cuando se dio un golpecito en el costado, eso de los chinos de que la felicidad está encerrada en los riñones.
Los chicos se quedaron en la vereda admirándole el recado a un paisano de andar desparejo e inseguro que bajó a comprar el pan.

viernes 31 de diciembre de 2010

Ahí Está La Lluvia

 Llueve sobre el asfalto, sobre las copas de los árboles tapadas por el polvo, sobre la enredadera del corredor, golpea fuerte sobre la canaleta de chapa y se expande a borbotones sobre la cabeza del sapo flaco que salió a ver que pasaba.

Cuando nadie lo esperaba empezó a llover, ni una brisa la anunció. Nadie sale a bailar bajo la lluvia ni a dar gracias. Llueve y es mucho más de lo que estábamos esperando. Casi nos olvidamos del recogimiento que produce la lluvia y aquí estamos mirándola de lado como a un mago o un contorsionista que minutos antes escuchábamos displicentes y ahora nos silencia con sus habilidades.

Todo estaba ahí, durante tanto tiempo permaneció sin mostrar como disimulaba con trabajos la herrumbre de sus herramientas y ahora siega fino el borde de la vereda.

La lluvia desparrama perfumes, hace sonar el tambor en el momento justo y cambia de clave con la misma parsimonia que dibuja un silencio largo que no aburre.

No abandono la sala, recupero gestos olvidados y cierro la persiana cuando el viento empieza a arreciar.

Bendita lluvia la que acaba de pasar. Dejó lagos de agua salpicada por las luces que empiezan a encenderse. Y apenas son las seis de la tarde y sueño que paso por la esquina y nos acaricia a todos.

martes 28 de diciembre de 2010

La Novela de Pancho

Siempre admiramos a Pancho.

 Y se busca el espacio; un tipo paciente al que conocí cuando era chico y tantas veces lo encontraba  pegado al alambrado del vecino.

 La de Pancho era en aquellos años  una vida  dedicada a la atención, entre otros, del gallinero del vecino. Nosotros nos destacábamos en las aventuras simples pero de nota entre los pibes: Destrozos, peleas, campeonatos, excursiones salvajes por el río.

Nada de lo que hacíamos dejaba una buena impresión en nadie, siempre motivo para retos, recortes en las salidas, suspensión de los aportes para las extras en el kiosko o en el bar.

Pancho en cambio nada de nada. El no ameritaba ni siquiera una mención en nuestras casas; ahora que lo pienso todos fingían que el y su padre no existían porque sentían que debían hacerse cargo y hacerse cargo lo consideraban un problema arduo, tan  arduo que podían dejar de preocuparse de al menos una parte de sus problemas, considerarían  seguramente que interesarse en la suerte de aquellos dos y hacer algo era atarse al destino de esos dos infelices.

Pero para nosotros en aquel entonces Pancho pasaba desapercibido porque era más inteligente, más  adulto que nosotros. Sabía como tomar una bolsa de pan que le acercaba alguna de nuestras madres y producir un silencio respetuoso, como si pudiera intimidar a nuestros padres, y eso era algo admirable, lo que nosotros no podríamos conseguir jamás por estúpidos, por cobardes, por pendejos a los que nadie respeta.

 

A la vecina solitaria le robaba una gallina todos los días. La mujer vieja sin marido y bastante extraviada ni se daba cuenta. A veces se quedaba meditando en el medio del gallinero con la escoba en la mano y contando las aves con la punta del palo. El movimiento, el batifondo que conseguía con su intromisión la obligaban a desistir del conteo, desparramar el alimento y marcharse.

Pancho desovillaba una madeja atada a un mediomundo de alambre tejido lo paraba con un palo unos metros adentro de la propiedad ajena y esperaba que el animal pasara por debajo para soltar la campana. Así, acercaba uno de sus aportes a la economía familiar.

Otro era entrar en las chacras de la campaña para la época en que se enfardaba la alfalfa y cargar hasta el tope en el carro de un tío que se quedaba con la mitad (y que nunca pasó a ver a su hermano).Cuerear una oveja y dejar la piel en el alambrado, juntar para el fin del invierno las mazorcas maduras que quedaban sin cosechar en los campos.

Y todo a los 8 años.

El hermano de aquel tío que nombré era su padre.

 Enfermo de tuberculosis no salía de la cama y cuando no estaba largas temporadas en el hospital, Pancho lo cuidaba personalmente. Sin dinero ni pensión, era el mentor de las capacidades de Pancho. Desde la oscuridad del cuarto con palabras firmes y templadas ordenaba al muchacho convertido en sus ojos y sus miembros.

Un día no volvió mas del hospital, la casa quedó abandonada y por doce años no supimos nada más de Pancho.

Una mañana volvió a la ruina de hogar que había sido intrusada algunas veces y permanecía tapada de yuyos.

Según mi abuela que lo conoció apenas bajó del auto, se introdujo en la casa como si nunca se hubiera ido. Se detuvo junto a lo que fue el límite con el gallinero convertido entonces en un garage, siguió hasta lo que fue el cuarto casi demolido por el abandono y que compartiera antaño con su padre, apartó un colchón desvencijado y prendiendo un cigarro se echó a dormir.

Fue la primera y última noche en la vieja propiedad. Puso en un local del centro una sucursal de lotería y se hizo construir una mansión con piscina cubierta e hidromasaje.

Inventó negocios increíbles que apenas empezaron a dar jugosos réditos hizo que sus amigos de la infancia nos acercáramos y, desde la inestable economía de la mercería como era mi caso, pasamos a un futuro esperanzador gracias a sus emprendimientos.

Ganamos plata gracias a Pancho casi todos los que fuimos sus fieles desde la infancia.

Inolvidable fue la inversión en jugadores de hockey. Participamos con nuestros ahorros en la compra de talentos de la escuela secundaria en países del extranjero y con dos de ellos convertidos en profesionales exitosos y a los que seguimos por el cable nos dieron intereses de hasta el 30 anual acorde a sus cotizaciones.

 Pancho fue un milagro para nosotros.

Invertimos en lo que fuera a futuro y siempre nos fue más que bien.

En este momento nos encontramos en una meseta. Resulta que hará cuatro años nos llega Pancho con la idea de escribir su novela de no menos de mil páginas.

No nos pareció una mala idea teniendo en cuenta que tratándose de una edición particular depende de la expectativa del autor que desea en todo caso regalarla a sus amigos dejar algunos ejemplares en librerías para el cliente ocasional y no mucho mas.

Nada menos diríamos tratándose de cumplir con un deseo, recibir la gratificación de ver su propio libro impreso.

Pancho sin embargo nos vino con un esquema de los de su sello.

El sabía que ninguna editorial lo saldría a buscar para producirlo, sin antecedentes en la literatura es así que nos convocó a sus clientes y amigos para proponernos un fideicomiso que sostuviera el proyecto en todas sus etapas y con la venta posterior de las ediciones, que el aseguraba de al menos dos o tres anuales por no menos de cinco años seguidos cobraríamos importantes réditos como acostumbrábamos desde que acercamos los primeros fondos a sus negocios.

A cuatro años vista  se empezaron a derrumbar nuestras expectativas y a desesperarnos por la fuga de la inversión.

  Pancho nos reunió el mes pasado para informarnos de la naturaleza del problema:  Nos aseguró tímidamente, mientras cerraba el proyecto de libro que ocupaba unas cuantas hojas, que pasaba por una crisis creativa, casi llorando nos confesó que lo intentó todo y de sus ojeras podía inferirse que sí.

La solución, nos dijo, y para que el fideicomiso no naufrague es que colaboremos con él acercándole capítulos para su novela, corrigiendo otros, reuniéndonos para producir tormenta de ideas.

Mi mujer dice que en plena temporada y ya cerca de las fiestas estoy desatendiendo el negocio y que ya debería retirar lo que pueda y dar lo demás por perdido. Yo pretendo que entienda que no lo hago por un berretín literario sino para cuidar nuestra inversión, que si Pancho no nos falló nunca porque debería hacerlo ahora…