miércoles 4 de noviembre de 2009

Historias. Y Otra.

A fines de los años sesenta Celina se sentaba a tomar un submarino con vainillas y lo único que se oía en la siesta con pocos parroquianos era el resoplido de caldera de la máquina de café. No limpiaba el salón como en otros tiempos.

— ¿Ya puedo irme mamá?

—No te olvides de pasar por lo de Juan Carlos y traerme los zapatos.

—Me queda a trasmano.

—Haseme el favor. Ya los tiene listos, con dos días en la horma me dijo que sería suficiente.

La chica tenía los mismos ojos  de Celina. El mismo pelo crespo que le traía tantos sinsabores al no poder peinarse a la moda sin largas sesiones de peluquería.

—Te olvidaste de limpiar el espejo, como siempre.

—Me cansa, mamá. Hacelo vos, yo a cambio te paso a buscar los zapatos.

Y Celina veía partir a la chica. Luego, pesadamente se subía a la silla  y frotaba el espejo. Las lámparas de los esquineros acumulaban polvo de mucho tiempo. No llegaba sin la escalera. Otro día…

La chica era bonita, entró y saludó.

 Hola, Juan…

No era hija de Fábegas. Cuando el dramaturgo se casó con Celina sabía de la existencia de esta niña de seis años, el hecho no lo conmovió, según Tito Mirándola estos tipos están habituados al desorden por la vida disipada que llevan, entonces resulta que no son unos desprejuiciados morales, no, sino que ya han perdido todo contacto con la realidad y los pobres no se dan ni cuenta de la seriedad de algunas cuestiones. Conclusión, no proceden como un individuo responsable, ni se les pasa por la cabeza que la vida deja de ser pura jarana y se conjuga en términos como obligaciones, decisiones maduradas en el pensamiento.

Tito para mediados de los 50 había dejado de ser el grandulón a quién el padre le tiraba un jarro de agua en la cabeza para que se despertara, a ser el marido de una bioquímica hija del farmacéutico del barrio, con un pibe  y otro en camino. Pasó a dirigir a los empleados de la droguería pero se notaba que extrañaba el reparto de hielo que hacía con el Goyo. Goyo permaneció soltero y para entonces aventajaba largamente a Tito en el conocimiento de los nuevos planteles de la primera división.

En abril de 1950 Celina se casó, y el personaje de la fiesta, mas allá de que se marchó temprano- no mas de las 10- fue la madre superiora del Convento de la Natividad, de los altos de la chacarita, que se trajo a una corte de damas de honor, pupilas del colegio de niñas. La madre le trajo el saludo de todas las hermanas y las dos lloraron. La monja estaba feliz como si se le hubiera casado una hija, y a toda vista lo era.

La monja se le aparecía todos los sábados por la casa de alquiler de la calle Espronceda con ajuares para la nena y vestiditos para los primeros cumpleaños, los momentos mas felices de esta Celina que sufría por entonces para el mundo el estigma de las descarriadas.

 

El providencial Fábegas, conocía el mundillo editorial y musical y se ganó el afecto de Celina de entrada nomás.

 Que mejor lugar para ella que los pretendidos brillos del escenario donde se podía soñar y respirar el oxigeno de la libertad que el dramaturgo describía para su encanto.

La monja observó la nueva situación con desconfianza hasta que las promesas de equilibrio de Celina y el pedido de mano del dramaturgo la convencieron de que la cosa iba en serio y no debía oponerse.

 

El sainete con que debutó Celina y que supo difundir el Chueco como su fiel espectador de varias funciones duró dos meses y concluyó en buenos términos entre el elenco y las autoridades del teatro, pero la segunda producción del dúo ahora convertido en matrimonio fue un desastre aún antes de subir a escena.

Fábegas fue a vivir con madre e hija a la calle Espronceda y las costumbres bohemias del hombre no cambiaron. Para peor dormía hasta las 12 y después se aparecía por "La Porfiada" con la nena buscando almorzar algo. Claro, que para mayor desgracia no siempre era así. Había otras veces que dejaba a la chica con una anciana viuda que vivía sola en el fondo, le tiraba unos pesos para que le preparara algún almuerzo y el partía con rumbo desconocido hasta la noche.

Mas de una vez Celina compartió estas cuitas con el comisario Simoni quien le pidió por favor que le dejara tener un mano a mano con Fábegas para ver de encaminar el asunto. La obra, "a los tumbos" como me supo decir hace unos días una señora de mi amistad, llegó a ponerse en escena y de nuevo tuvo al Chueco como espectador fiel y evocador de escenas decisivas:

—Voy a prepararme. Tengo un compromiso importante. Es un trabajo…

—No te pedí explicaciones…

Cuando Celina andaba entre las mesas levantando pedidos o sirviendo, el Chueco cortaba abruptamente como sabiendo que desde la escena bajaba a la platea la historia cierta de lo que sucedía en la vida real y que terminaba en el círculo de luz al borde del escenario con el personaje masculino cantando:

 "Con ansias me diste la miel de tu encanto

 y así nos amamos con honda pasión.

 Pasaron los años lo mismo que un sueño

 dichoso a tu lado con tanta emoción…".

Pero vamos despacio, no es cuestión de cansar al lector. Me queda para prontito la historia que contó Simoni en el casamiento de Celina y más.

Pero antes…

La adolescente hija de Celina, aquella tarde de los años sesenta, entró a la zapatería saludando.

 —Hola Juan…

—Hola, ( le respondí).

miércoles 28 de octubre de 2009

Historias . Sigue.

¿Es suficiente con la  ley para alcanzar la justicia? Se preguntaba en caracteres góticos la edición mañanera del diario "Crítica" y el comisario Simoni ajustándose el cinto del pantalón de pana gruesa se agachaba por sobre el hombro del chueco achinando los ojos para leer mejor. Claro que no, claro que no, repetía mientras buscaba su rincón preferido debajo del ventilador mientras el chueco pasaba las hojas  hasta dar con la  de policiales. El titular de tapa  trataba acerca de lo difícil de dar con una herramienta apta para juzgar los inéditas consecuencias de la guerra que ponen  en jaque a la jurisprudencia. El chueco se puso a leer, fiel a su estilo, la "noticia" delirante de la mañana:

"El juez de Paz de la tercera sección impide al ciudadano Alcides Martínez Pirovano enterrar a su madre en los fondos de la casa según manifiesto deseo  de la extinta en el lecho de enferma. Ante el requerimiento periodístico el juez expresó pena por el deceso, pero también su firme decisión de cumplir con la disposición que obliga a que los muertos descansen en camposantos habilitados al efecto. Alcides M. Pirovano se niega a cumplir la norma y desde el lunes una custodia policial se encuentra apostada en el patio interno de la vivienda con la orden de detener al infractor apenas demuestre intenciones de cumplir con el recado de la fallecida. El domicilio  se ha convertido en centro de peregrinación de curiosos atraídos por el desacatado del barrio de Saavedra, como lo bautizó un conocido periodista…"

Era la hora de la siesta, en el salón para familias Celina se despatarraba ante una mesa y abría un cuaderno de tapa dura. Desde las dos de la tarde anduvo por el recinto separado del bar por una mampara de vidrio y madera con macetitas en las esquinas, pasando el estropajo con kerosene por el parquet y sacando lustre a los espejos. Afuera la tarde se ablandaba y el aire se veía como a través de una botella de anís, como dijo una vez en el café el dramaturgo Fábegas en una de sus visitas a Celina y provocó la risa general.

Fábegas era el autor de las notas que Celina estudiaba con diligencia varios días de la semana a la hora de la siesta cuando la clientela se espaciaba. Un día que llamaron al teléfono y Celina se demoró media hora charlando con la mujer de su patrón que tenía un hijo internado operado de amígdalas, el Chueco se aprendió de memoria los apuntes de Fábegas y los interpretaba para la mesa algunas mañanas logrando mediana expectativa.

Abrirse, cerrarse, volverse, bajar, subir, mezclarse, las áreas fuertes y débiles del escenario.

La discusión viva, choque o riña  se hacían generalmente en el área mas fuerte que era en el centro-abajo, (el centro de la zona más cercana al público y de perfil).

Hacer foco: La cabeza de los actores dirigen la atención del público hacia un actor o lugar determinado.

 Estas y muchas indicaciones más las ponía en práctica el Chueco usándonos de referentes y colmándonos la paciencia. Goyo y Tito Mirándola en una discusión encarnizada sobre un delantero de Los Andes en offside debieron aceptar que el chueco los acomodara mandando el peso del cuerpo a las plantas de los pies y no a los talones para no dar imagen floja, distraída. También le combatía la tendencia a Tito de cambiar el peso de un pie al otro para no dar una imagen de falta de aplomo. Más de una vez el comisario contando alguna anécdota  se vio interrumpido por el Chueco que a los gritos pedía al repartidor de la cerveza que terminara con las señas al chofer del camión que esperaba sobre la vereda porque distraía al público.

Fábegas convenció por aquellos días a Celina, que amaba el teatro, de participar en una especie de sainete de su autoría en una sala de Corrientes y Callao y para eso le brindaba algunas lecciones para entender al director cuando en los ensayos le pidiera un desplazamiento " a derecha y abajo" (a la izquierda del público y al borde del escenario) por ejemplo. Para lo demás Fábegas le reconocía a Celina una "enjundia" según sus dichos, que pocos actores tenían como don natural.

Después que fuimos todos al estreno de la obra en que Celina hacía de encargada de una pensión, el Chueco presenció casi todas las funciones que la obra duró en cartel, y que no se alargó más allá de los fines de semana de noviembre y diciembre, hasta la navidad de 1949.

Por supuesto el Chueco se aprendió algunas escenas que imitaba con gracia  y Celina se tapaba la cara de vergüenza creyendo en la justedad de la mimesis del Chueco: 

  ¡Cuando usted llegó, me pareció respetable, pero se acabó! ¡No lo aguanto mas, ni una noche más! Y no solo me molesta a mí, no, tiene a todos los pensionistas furiosos. La señora de al lado…

La señora de al lado no duerme porque le tiene miedo a los ladrones…como el marido está ausente…

¡Pero…Usted es un desfachatado, la gente no duerme por culpa suya!

¡¿Por culpa mía?!

¡Si, por culpa suya, se pone a cantar a las dos de la mañana y a los gritos!

No le permito señora, esto es música clásica y yo no grito…

¡Qué música, parece un estrangulamiento!

Es Pagliacci,, de Leoncavallo, es un aria…

¡Que arria ni arria,manga de orres, ustedes van a salir arriados de aquí! Manga de vagos despertando al barrio con el lión ese…

 

Cuando en el otoño de 1950 Celina se casó con Fábegas en la parroquia de Belgrano las damas de honor recibieron consejos del Chueco de que "vistieran la escena", es decir se desplazaran siempre discretamente sin dejar de hacer foco en los novios.

El comisario Simoni asistió de azul a rayas impecable y en la fiesta que se hizo en el salón familias de "La porfiada" contó una historia que les prometo para otra vez.

domingo 27 de septiembre de 2009

Historias. Una Continuación.

1947 fue el año de los trajes con dos pantalones, del plan quinquenal, y por sobre todas las cosas del ingreso de Celina al mostrador del despacho de bebidas de nuestro lugar de encuentro en Avenida de los Constituyentes que se llamó "La enramada" por entonces, y que era un lugar más conocido como "La porfiada" por las discusiones que en todo tiempo se suscitaron y tomaban estado público. El café, antaño pulpería cuando ni los carros se animaban más allá de la calle congreso, tenía un elenco estable que  recibía con el correr de las horas aportes de nuevos miembros que le daban una característica tan única como las estaciones le aportan a los cambios meteorológicos. Sucedía entre las tres y las cinco de la tarde la presencia de Goyo y Tito Mirándola, dos amigos enemigos que acomodaban entre el cerebelo y el hipotálamo la colección mas completa de personajes futbolísticos que hayan pisado las gramillas de Buenos Aires.

Goyo le preguntaba a Tito que acababa de citar de memoria el plantel de Estudiantes de La Plata del treinta y pico si sabía el de San Lorenzo del 34.

Y tito de un tirón: Jaime Lema Fossa y Pacheco, Baigorria,Closas y Arrieta, García, Cantelli, Bellomo, Villalba y Magán. Cuando terminaba, con soberbia, displicente, interrogaba sin esperar respuesta: -¿Y querés saber quien era el capitán? Fossa y el subcapitán el arquero Lema. Y ahora decime ya que estamos, del mismo año, ¿sabés acaso el plantel de Quilmes?

Goyo recitaba entonces como perdonándole la vida: Arsenio López, Sandoval y Ravagnani, Di Giano, Androssi y Santucho, Fernández, Rodriguez, Michal, Zito y Leoncio. Una bocina sonaba ronca desde la calle, era el padre de Goyo que lo reclamaba para que le ayudara a descargar una mecadería. Corriendo hasta la puerta y haciendo una seña de tomá pa vos alcanzaba a gritar: ¡Sandoval era el capitán!...

El comisario Simoni desde el fondo del salón llenaba el silencio que se producía: - Que novedá…el dos siempre era el capitán…

El comisario Simoni ya no era el mismo. Silencioso, muy a las perdidas intervenía en las conversaciones abiertas si nadie le insistía su participación. Después de las cinco Celina se acercaba al comisario y cuchicheaban gravemente. El chueco mas de una vez trató de sacarle algún dato a Celina sobre el motivo de la pena del comisario, al no tener resultado, la cargaba aduciendo una relación amorosa golpeando los dos índices con picardía. Celina le reprochaba: Vete al diablo, che, y le amagaba con la bandeja.

Después de la muerte del comisario en el año 53, Celina se sintió liberada de guardar el secreto y nos contó la historia de una hija que el comisario no llegó a conocer y que murió a fines del 46 en un accidente ferroviario mientras se dirigía a estudiar piano en una academia. Era el fruto de una relación clandestina, la mujer era casada,  apenas quedó embarazada decidió en mas evitar otro encuentro con Simoni y guardó el secreto celosamente. Con los años la mujer quedó viuda y ya no quiso cambiar el destino. Siguió criando sola a su hija disponiendo de una buena renta y vigilando desde las sombras, sin interferir en la agitada soltería de Simoni que enterado de muchos secretos bien guardados del prójimo, jamás  sospechó que una niña correteaba en una vereda de Villa Devoto siendo sangre de su sangre.

La verdad le llegó indirectamente por el diario que levantó entre las fotos de la catástrofe una con un recuadro de la mujer de su relación llorando la pérdida de su hija amada entre los hierros retorcidos. Imagínese, soy viuda, decía la mujer…Soy viuda… se repitió el comisario y buscó con esfuerzo un acercamiento para darle las condolencias. Al parecer la mujer se quebró y Celina recuerda como el comisario golpeó con la misma impotencia el puño en la mesa del bar igual a como lo hizo ante la confesión de la madre angustiada.

El comisario no fue mas el mismo como dije antes, de un día para el otro se convirtió en un ausente que solo ganaba en verborragia en los apartes con Celina.

Pero esto ya es otra historia y la iré desgranando junto con otras, mientras la memoria me lo permita.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Historias

El comisario Simoni, que para todas las mañanas en el café, siempre tiene algo que contar de otra época apenas le nombramos algún caso de estos tiempos. No voy a decir "resonante" porque para lograr semejante título hablaríamos de un extremo difícil de empardar por las carradas de violencia extrema e ingenio diabólico a que acabamos acostumbrándonos. Nos divertimos con el comisario Simoni. El chueco abre el diario y simula leer una noticia, tiene una facilidad extraordinaria para simular que lee. Eduardo dice que el mérito está en que llegó al segundo año de abogacía y eso le da la facilidad. Yo lo niego: Para mí es una habilidad como la del mimo que arremete contra una pared imaginaria o aprieta la cara contra una vidriera inexistente. Es un talento especial que lleva trabajo y preparación pero se te da o no se te da. Me parece,… ( apenas hice la primaria), pero lo que no puedo afirmar por conocimiento, cuando lo afirmo, la convicción me viene de saberlo porque estoy seguro de que es verdad lo que digo. La cosa es que el chueco, de traje y corbata antes de ir para el banco donde es administrativo, pasa el dedo mojado por una página del diario y con lujo de detalles se manda el show de todos los jueves a la mañana. "…la mujer se llevó los dos kilos de cebolla y a la bolsa de papa negra la hizo acarrear por los  hijos…el verdulero se quedó esperando que la señora volviera con el pago pero el tiempo pasó y los habitantes de la casa incomodaron al paciente trabajador con su ya flagrante intención de negarse a abonar el estipendio…"

 No nos reímos, por el respeto que nos infunde el comisario y que pueda malinterpretarlo como cargada y enemistarse con nosotros, pero, por sobre todas las cosas por el placer de escucharlo contar alguna historia relacionada en algún punto con el bolazo improvisado por el chueco.

"…el verdulero escupió el toscano, lo apagó suavemente en el tronco del árbol y lo introdujo con delicadeza en el bolsillo de la camisa… golpeó la puerta y espetó con tono persuasivo…Si osté no piensa pagarme me dirijo ipso facto per la sesionale y le aseguro que loficiale le vatirare la puerta abajo…"

Reconozco que a veces el chueco se levantaba inspirado y la falsa nota del diario se extendía tanto que perdía gracia, pero se soportaba la espera porque Simoni nos recompensaría con alguna historia de las suyas de verdad interesantes y que seguro incorporaba un verdulero, una ama de casa, una promesa de pago, un marido despechado y siempre mujeres (al final lo único que nos interesaba) buenas, de la vida, fieles, tramposas, siempre inabordables para mocosos como nosotros y minas siempre de fierro con Simoni.

Un día el chueco vino frotándose las manos, ese día estaba convencido que el comisario no tendría ninguna historia policial para confrontarlo. Había leído en una enciclopedia sobre una congregación de anabaptistas mas buenos que el dulce de leche que antes de cortar un árbol le pedían permiso a Dios. El chueco simuló una historia de crimen y venganza increíble, como si te contaran que caperucita roja se comió al lobo. Ese jueves el comisario no se echo atrás y aunque la historia no tuviera los condimentos de otras se explayó en una narración de lo mas amable sobre un pibe con sombrero de ala ancha y una biblia abajo del brazo que abandonó la comunidad en la adolescencia- como acostumbran, durante un tiempo o para toda la vida- y vino a parar a la zona tenebrosa del puerto de Buenos Aires donde alternó con malandras,cafishios, coperas, marineros y toda la fauna del puerto nuevo. Pronto se dio cuenta que esa vida no era buena para casi nadie y se puso a difundir la palabra de Dios.

Estaba contento por el éxito obtenido pero pronto las privaciones y la tuberculosis junto con algunos mamporros bastante serios lo tiraron en una cama de hospital.

Eran los años veinte y Simoni era recién ingresado en la fuerza. Le tocó acompañar al chico que deseaba pasar lo que le quedaba de vida entre los suyos.

Los "suyos" estaban a varios kilómetros de Bahía Blanca. Tomaron el tren en Constitución y el muchacho se acostó en un banco de madera abrigado con un sobretodo. Cuando pararon una hora en la estación de Sierra de la ventana el comisario lo vio tan dormido que se bajó a tomar una ginebra. Cuando volvió el pibe estaba sentado leyendo la biblia y con una manzana en la mano, el comisario le preguntó quien le había dado la manzana. Le señaló a una mujer vestida con solera, de  cabellos negros y una mirada encantadora. El comisario, entonces un joven apuesto seguramente, se acercó a la muchacha para afilarla.

Todos los presentes inmediatamente rodeamos al comisario sentados a horcajadas y la pera apoyada en el respaldo de la silla, no volaba una mosca, queríamos seguir aprendiendo, el sábado íbamos al baile, a ver a Alberto Castillo en el  club Comunicaciones.

 Era 1945, era la primavera, y a nosotros, como ya dije, las mujeres era lo único que nos interesaba.

     

miércoles 2 de septiembre de 2009

Por La Vuelta

No frecuentaba la ciudad desde hacía no se cuantos años. Tengo imágenes de un monumento, de una mañana hermosa, de una anécdota que quedó para siempre acerca de un músico famoso que por entonces arrastraba un romance apasionado con una carrera científica, pero ese día por tantear nomás, por acarrear un símbolo cercano a lo que sería su labor destacada de estos días, ¡cargaba mi guitarra! Mi olvidada guitarra de hoy. Estábamos camino al canal de televisión donde actuaríamos en vivo.

Sorpresa para mí y mi grupo, extrañamiento para él, alejado más que nosotros de los afeites untuosos de la tele de ayer, de los trazos generosos de los delineadores, y hasta de una gruesa tira roja pegada sobre las cejas del conductor del programa para resaltar sus ojos hundidos.

La tensa espera del programa en vivo, el calor infernal del estudio y por fin la señal de un cambio a exteriores y los títulos.

Nada más. Afuera una ciudad con largas plazas, de infinitos carteles con flechitas de neón y bares y gente que parecía conocernos de la tele, de habernos visto hacía solo un rato y disfrutaba de vernos.

Hoy, después de tantos años me perdí en algo llamado camino de circunvalación sin poder salir, bajando y volviendo a preguntar, vuelta a rodear casas pobres, desde  arriba, desde abajo y desde el costado, casas miserables hasta donde no alcanza la vista. Mas allá como una postal chiquita, una ciudad (¿aquella?) plateada por el reflejo del río.

 La pobreza por todos lados. Una autopista que obliga desde los carteles a no pisar el acelerador para no perderse nada de la circunvalación de la pobreza.   

domingo 9 de agosto de 2009

Mi Invitado Del Domingo. Hoy: UN NARRADOR

EL ZORRO Y EL GALLO

El gallo estaba escarbando debajo de un árbol. En eso se hace presente, disimulando entre el yuyo, un zorro, que venía con toda la intención de cazarlo al gallo. Pero el gallo alcanzó a verlo, ¿no? No se levantó al todo, pero lo vio. Entonces voló arriba del árbol. Entonces el zorro llegaba áhi y que le dice:

—Eh! —Cómo te va! —le dice al gallo.
—Aquí 'stoy, tomando fresco aquí arriba.
—Bajate, que charlemos un rato —le dice el zorro.
—No —dice-, si podés subir vos, subí. Yo 'stoy bien acá, fresquito.
—No, ¡bajate!
—No, no, no me bajo.

—Seguro que has de 'tar creyendo que te voy hacer alguna cosa, que te voy a comer, que te voy a cazar, en fin. No, esas cosas ya se dejaron —dice—. ¿Vos no sabés que el gobierno ha publicado un decreto donde nosotros, los zorros, no tenemos que hacerles nada a ustedes, las gallinas? Los perros no tienen que hacernos nada a nosotros. Ni los perros al gato, ni el gato a los ratones. En fin, esa lucha —dice— entre animales y animales, ya se quedó sin efecto. Así que bajate.
—No, subí vos si querés.

Y en tanto oía la conversación, entonce el galio estiró un poco el cuello y miró así como a la distancia, y el zorro, di allá abajo lo miró. Y dice:
—2, Qué 'tas mirando?
—Y, de allá vienen unos dos tipos —dice—. Vienen a mula, con guardamonte, con lazo y todo eso. Y traen unos lindos perros —dice— galgos.
¿ A dónde? —le dice el zorro.
—Di aquel lado.
Pero, el gallo le equivocó, porque los tipos venían del lado contrario. Entonce el zorro le dice:
—Ya que no te querés bajar, me voy. Bueno, ¡chau!
—¡Chau!

Y se fue. Pero a poca vista se encontró con los perros. Da la vuelta el zorro con la colita parada, corriendo, corriendo... Y cuando pasan debajo del árbol le dice el gallo, di allá arriba:
—Che, parate, leéles el decreto —le dice.

Basilio Estargidio Martínez, 65 años. Malligasta. Chilecito. La Rioja. 1968.
Maestro jubilado, dedicado a la vitivinicultura. Nativo del lugar.

"Cuentos y leyendas populares de la Argentina"
Berta E. Vidal De Battini.




miércoles 5 de agosto de 2009

Voces

Y en el año 2030 se terminó de tender la malla de seguridad A, una demostración de lo que podía generar el compromiso mundial a la solución consensuada del capítulo mas critico de la historia de la especie.

El punto final a las elucubraciones sobre la vida de tal o cual.

 Ya hace un año de esto…

 

Ya no puedo ocultar ni mis pensamientos. ¿Se puede estar más a la vista? Mi existencia se reduce a lo que ven y oyen.

 Soy civilizada, solo quiero que me dejen en paz…

 

La malla lo atraviesa todo. Entra donde quiere y permanece. Ese es el punto. No discrimina estéticamente. No se interesa particularmente.

 No deja pestillo, grieta ni ventana sin abrir.

Al que trate de engañarla le caerá encima la consecuencia.

 Así: La consecuencia.

 

No tiemblo por esta vida que me libera de la sospecha.

Tiemblo por la consecuencia.

 

El vendedor en la penumbra se frotó las manos.

 El coleccionista no pudo disimular su interés (¿Qué fue de ella?)

¡Una chuchería de más de dos siglos! Sin embargo le haré una oferta que no podrá rechazar.